Francisco, Boris y el ajolote albino

collage-papa-francisco12 de Enero de 2017. Silencio, soledad y quietud en mi cocina. De repente, donde siempre se acumula la correspondencia, veo, solo y único, un sobre a mi nombre. Sello del Vaticano. Fecha de noviembre. Inmediatamente mi mente y corazón retrocedieron a fines de octubre del año pasado cuando mi amiga Silvia y su familia, con generosa humildad y contagiosa alegría, hicieron de su audiencia personal con el Papa una oportunidad de encuentro y bendición comunitaria llevándole a Francisco mensajes y regalos de sus amigos.

Hace dos años tuve  la misma suerte y bendición con mi amiga Paula, quien le llevó a Francisco KaZuRá, un libro que comparte el espíritu y la virtud de lo que él predica: hablar y expresarse de linda manera. No insultar. A las pocas semanas de la visita de Paula recibí una carta de respuesta agradeciendo KaZuRá. Esta segunda vez, con Silvia, tuve la oportunidad de que “Boris y el ajolote albino” también llegara a manos de Francisco, quien siempre nos pide poner atención en los más necesitados, lo cual ocurre en el relato del libro. Pero no recibí respuesta inmediata. No porque no hubiera sido enviada sino porque los tiempos de Dios son perfectos.

Esa carta esperó: se “escondió” (traspapeló) durante meses de mucho ruido y movimiento en mi vida. Noviembre para mí fue un mes lleno de presentaciones, viajes y ferias del libro, eventos especiales y visitas de autor a escuelas. Los 30 días, como publiqué en su momento, no parecían suficientes… Luego llegó el famoso Estresciembre de cada año, mes en que hago propia la difícil misión de mantener la calma ante tantos eventos de fin de año, comidas y viajes.

Esa carta esperó: (re)apareció justo al día siguiente de “presumir” que mis libros habían viajado por Malasia, Vietnam, Perú, Inglaterra, Uruguay y Argentina. Y me hizo ver que, en realidad, Boris ya había llegado mucho antes a un destino bendecido y a manos de un lector muy especial. Solo que yo andaba muy ocupada para entenderlo y disfrutarlo…

Ya con esto me queda claro que los tiempos de Dios son perfectos. Pero hay más.

Dios no solo quiere un verdadero encuentro, dentro de un contexto de mayor humildad y silencio, sino en un momento donde pueda sumar refuerzos inmediatos para los “tibios de corazón” como yo. Apenas minutos después de recibir esa carta, llegó a casa Carlos, un amigo de la familia que es seminarista. Le conté lo sucedido hacía instantes, emocionada, por supuesto. Pero agregué: “Igual es obvio que Francisco no le puede dar tiempo ni energía ni importancia a mi libro”.

“Agustina, así no lo lea”– me contestó muy sonriente Carlos, “todo lo que haya llegado a manos de algún Papa se convierte automáticamente en patrimonio para la posteridad del Vaticano. Tus libros terminarán, tarde o temprano, en la biblioteca del Vaticano.”

Me emocioné tanto que me quedé muda. Y, de verdad, ya no sé qué más que decir… Mejor vuelvo al silencio y acepto, agradezco y comparto humildemente esta enorme bendición.

Que así SEA.
Agustina

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4 comentarios en “Francisco, Boris y el ajolote albino

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